Buckminster Fuller: la historia de un arquitecto, filósofo y diseñador visionario

Solo cuando tocó fondo decidió salvar el mundo: hasta los 32 años, la biografía de Buckminster Fuller fue un auténtico desastre. Expulsado de la elitista Universidad de Harvard por irse demasiado de fiesta. Trabajos en cadena en las fábricas textiles y de embalajes de Chicago. Después, nada. La caída en el desempleo. Y en 1922, con apenas 27 años, la vida le había asestado el golpe más duro: su hija Alexandra, de cuatro años, enfermó de repente de poliomielitis y murió. Ahora, cinco años después, su vida estaba en ruinas: estaba en bancarrota y bebía. Con solo 32 años, su vida parecía un fracaso. ¿Qué sentido tenía vivir si uno estaba tan indefenso ante su destino?

Fuller empezó su proyecto para salvar el mundo diseñando una nueva casa que debía ser eficiente energéticamente, respetuosa con el medio ambiente y asequible para todos. El resultado fue una construcción de acero con aspecto de ovni y un enorme mástil de aluminio en el centro. Todo el edificio, cuya forma se inspiraba en los silos de grano, colgaba de cables de acero sujetos a la punta del mástil. Como toda la estructura era de acero (Fuller consideraba las casas de hormigón un error de la arquitectura), la casa era tan ligera que podía transportarse en un camión. Si uno se mudaba, simplemente se llevaba su hogar consigo. Ese era al menos el plan de Fuller, porque de momento solo existía una pequeña maqueta.

Fuller quería exponerla en una sucursal de los grandes almacenes «Marshall Field's» de Chicago, pero para ello necesitaba un nombre fácil de recordar. Así que contrató a un redactor publicitario e intentó explicarle sus ideas: durante dos días enteros, Fuller le habló con entusiasmo, hasta que al final el hombre solo anotaba fragmentos de las típicas palabras de Fuller que le llovían una y otra vez en aquella interminable exposición, y con ellas creó en 1929 una palabra inventada que acompañaría a Fuller el resto de su vida: «Dymaxion», una combinación de «dynamic», «maximum» y «tension» (tensión). Su cliente quedó encantado.

«Buckminster Fuller es una de las mentes más brillantes del siglo XX. No solo inventó un coche con alas hinchables y un mapamundi completamente nuevo, sino que convirtió toda su vida en un experimento, que documentaba cada 15 minutos.»

El invento más conocido de Fuller es la cúpula geodésica: muchos triángulos iguales forman una estructura ligera y, a la vez, extremadamente estable.
Otra pieza del gran proyecto Dymaxion de Fuller fue la Dymaxion Deployment Unit, conocida como DDU.

Aunque los tres prototipos del coche Dymaxion, construidos en 1933, no tenían alas, algunas partes del coche sí despegaban, como recordaba el historiador del diseño Russel Flinchum el 15 de junio de 2008 en el «New York Times»: «Al parecer, la rueda trasera perdía el contacto con el suelo cuando el coche alcanzaba los 145 kilómetros por hora. Por desgracia, entonces empezaba a dar bandazos sin control.» Aun así, durante unos meses el futurista vehículo estuvo en boca de todos: el escritor H. G. Wells posó con él para unas fotos, el célebre director de orquesta Leopold Stokowski compró uno de los prototipos y, al parecer, también el pintor Diego Rivera mostró interés. Pero durante una demostración ante dos posibles inversores en julio de 1933, uno de los prototipos volcó. El conductor murió. En poco tiempo, la atrevida visión automovilística desapareció de escena.

Pero el obstinado inventor no renunció a su plan de cambiar el mundo, y así, simplemente, lo reinventó: el 1 de marzo de 1943 presentó en la revista «Life» su mapamundi Dymaxion, que no se parecía a nada de lo que se había visto antes en los atlas: para evitar la distorsión de los mapamundis convencionales, dibujó los continentes en una especie de recortable que podía plegarse en poliedros (cuerpos geométricos de muchas caras) para aproximarse a la forma esférica de la Tierra. El conjunto parecía un rompecabezas caótico, pero era nada menos que una crítica social al orden mundial imperante: Fuller sostenía que en el universo no existe un arriba ni un abajo. La representación habitual, con el norte «arriba» y el sur «abajo», surgía únicamente del prejuicio cultural de que el norte era superior y el sur inferior. En el mapa Dymaxion, en cambio, ya no había ni arriba ni abajo.